7 octubre 2009 Deportistas, Golf

Severiano Ballesteros

En el último año, Severiano Ballesteros ha recibido el foco de atención de toda clase de medios y, desgraciadamente, no por un nuevo éxito deportivo sino por el tumor cerebral al que ha tenido que enfrentarse. Por fortuna, el cántabro se encuentra mucho mejor y ya le hemos podido ver, entre otros sitios, en El Sardinero viendo jugar a su Racing de Santander.

Ballesteros concedió estos días una amplia entrevista a El País, que nos ha parecido muy interesante para saber más tanto de sus inicios como de estos últimos meses. Por edad, algunos no pudimos seguir en su momento los triunfos de Seve, así que quizás no somos del todo conscientes de la magnitud de sus victorias especialmente en aquella época dónde el golf en España era minoritario.

Entre otros muchos torneos, en el palmarés de Ballesteros resaltan dos Masters de Augusta y tres Open Británicos, algo de lo que no muchos pueden presumir. Os dejamos la entrevista que sin duda merece la pena leer.

Nos ha tenido usted seriamente preocupados.
Pues sí, a muchísima gente. He recibido muchos mensajes de cariño y ánimo de todas partes del mundo. Ha sido tremendo. No sabía que la gente me quería tanto, sinceramente.

De eso nos damos cuenta cuando ocurre algo grave. Mire que somos bobos. Usted ha sido como una pieza del decorado que al correr riesgo de romperse ha hecho a la gente ver la verdadera dimensión de su leyenda.
Bueno, eso tiene respuesta fácil. El golf en España ha ido creciendo, se ha popularizado y ha entrado por los ojos de la sociedad, aunque no como en otros países con más tradición. Allí se valora más mi figura, es lógico.

Ya, pero quizá ha influido que usted, además de ser un campeón, siempre ha sido un outsider, alguien que va por libre. Un rebelde.
A mí siempre me han motivado los retos difíciles. Pero no me he sentido un outsider en mi mundo. Me integré fácilmente.

¿Cómo?
Ganando.

Ya. Pero antes de eso se empeñó en entrar en terrenos vedados. Bastaba que le dijeran que no para probarlo.
Siempre ha sido así. Es mi forma de ver y afrontar las cosas.

¿Desde que era pequeño?
Sí, el hecho de no poder jugar en el campo de golf, de no tener permiso, me llevaba a saltar la tapia y colarme al atardecer para hacerlo.

¿Con qué iba a practicar entonces? ¿Con algo de miedo y un palo?
Pues trepaba por la pared tarde, cuando se iban el master caddy y el guarda. Cogía las pelotas que había encontrado perdidas y he de admitir que muchas veces se las robaba a los socios.

¿Conserva aquel hierro tres de sus primeros asaltos?
No, me lo robaron. Lo escondía en una mata y desapareció. Era un hierro tres viejo que me regaló mi hermano Manuel.

Sus hermanos ya le daban entonces.
Claro. Fue el entorno el que me metió en el juego. El hecho de tener el campo cerca y mis hermanos jugando también y yo trabajar allí, pues ahí nació mi amor por el juego, mi pasión por este deporte. El entorno nos marca. Del norte de España nunca ha salido ningún torero. En nuestro entorno es donde nacen las ideas, las pasiones, los retos. Todo.

Pero su entorno también era la cuadra, las vacas, el campo.
Sí, ayudaba a mi padre en todas las labores. Pero aún más que eso, quedaba más cerca el campo de golf. Cuando salía de casa para ir al colegio escondía los libros y cogía el palo. No siempre me corría el colegio, pero muchas veces sí. Luego, por las tardes, jugaba más, y, en verano, a la luz de la luna.

¿Como toreaba Belmonte?
Parecido.

¿Qué tiene la luna que alienta el genio?
Bueno, yo creo que me impulsaron más las dificultades. Ahora, todos aquellos problemas los veo como algo muy positivo. A cualquier niño rebelde le dices: por aquí no, y va. Eso me ayudó a aumentar las ganas, el hambre, la pasión.

Aquella rebeldía, ¿se la inculcó también su padre?
Mi padre era un hombre que siempre defendió la libertad y que luchó mucho contra la injusticia, y eso nos lo traspasó a todos. Cuando veía cosas que le molestaban, luchaba contra ellas.

¿En plena España de Franco?
Aquélla era una España en la que mandaban los curas y la guardia civil y se cometían grandes injusticias. Y al ser una dictadura, éstas era continuas y mi padre no lo veía bien. Yo nunca le escuché hablar de política, pero no le gustaba aquello. Era un hombre cercano y cariñoso, muy trabajador y muy familiar.

Y su madre, entregada a los hijos y a la casa.
Mi madre tanto o más que mi padre. Tuvo que luchar para sacar adelante cuatro hijos y trabajó incluso más que él, planchando, lavando, haciendo la comida. Le podría decir que nunca fue al cine, por ejemplo. Cuando yo empecé a jugar y a ganar, se vino conmigo, incluso a Inglaterra. Pero era muy difícil sacarla de casa. Muy difícil.

¿Llegaron a entender ellos la auténtica dimensión de su triunfo?
No les cambió la vida. Mi padre lo comprendió mejor. Aprovechó los grandes momentos, mejoró su calidad de vida, pero mi madre, no. Yo creo que ella no entendió bien lo que significaba salir fuera, ganar torneos, aparecer en la prensa, todo eso, no lo entendió muy bien, la verdad.

¿Pero eso es bueno o malo? A lo mejor ayuda a relativizar todo y a no dejarse llevar por delirios de grandeza.
Bueno? Yo creo que mi madre seguía viviendo bien y no se dejó llevar. Nada cambió para ella. Las amigas eran las mismas, la querían mucho. Era una persona ejemplar.

Ahora todo esto le ha hecho recordar mucho a su padre. ¿Por qué?
Él murió de cáncer de pulmón. Entre los hermanos decidimos llevarle a Houston y vivimos de cerca todo. Fue un sufrimiento. A toro pasado es muy fácil darse cuenta de ciertas cosas. Pero yo creo que llevarle allí fue un error. A nosotros, los médicos nos recomendaron llevarle allí, pero ahora pienso que debíamos haber dado más importancia a los médicos españoles y haberle tratado aquí. Años después lo han demostrado conmigo. Tenemos una sanidad muy buena y unos hospitales públicos muy buenos, excelentes. Yo soy prueba de ello.

Bueno, lo que ha llegado usted a vivir ahora es una segunda oportunidad. Hace años no creía en esas cosas. ¿Tanto ha cambiado?
Pues he cambiado de parecer. Así es la vida. Dices y te desdices. Claro que existen las segundas oportunidades y ésa es la que estoy aprovechando yo.

¿Siente que su vida ha ido al revés? Usted ha trabajado duro hasta hace poco y empezaba a disfrutar algo de otras cosas. Hasta que ha llegado este palo.
Bueno, como deportista he tenido grandes momentos. Yo he sentido tocar el cielo con mis triunfos, y eso es una forma de disfrutar. Yo he disfrutado a mi manera. He tenido suerte y he ganado muchas cosas con eso y con esfuerzo, porque no conozco a nadie que haya ganado nada con mala fortuna.

Pero para triunfar también necesita empeño. Las dos cosas. ¿Cómo se gana en la vida?
Pues creo que primero uno piensa en lo que quiere conseguir. Lo visualiza y después busca el camino para llegar a ello. Con trabajo y constancia, lo logras.

¿Y la frustración será cuestión de que falta alguna de las dos cosas? ¿Uno piensa en lo que quiere y después no lucha por ello y llega el chasco?
La frustración viene por culpa de uno. Hay que luchar por lo que deseas. La frustración llega la mayoría de las veces por no pelear suficiente. Frustrado es quien no lo intenta. Quien no tiene constancia.

Nada es gratis. Y el triunfo también es una droga. ¿Recuerda aquella etapa suya en la que se empeñaba en no contemplar la retirada y hacía oídos sordos a quienes le aconsejaban lo contrario?
Claro.

¿Qué pasó?
Pues que llega un momento en el que tú estás metido en ese mundo y elegir lo idóneo, acertar, es muy difícil. Esto crea adicción y echas de menos la gloria, la gente, todo. Es difícil decir: lo dejo.

En ese momento necesitas a alguien al lado que ayude a entender. ¿Usted lo tenía?
Yo he tenido la suerte de contar con una familia unida. En ese momento nos reunimos, lo hablamos y mis hermanos me hicieron ver lo que yo intuía, pero me negaba a aceptar. Ellos me lo explicaron bien. Que debía sopesar los resultados que tenía.

También había problemas físicos
Yo siempre tuve mal mi espalda. Desde el comienzo de mi carrera. Ha sido una desventaja y una lucha continua de superación.

Y pese a ese desastre de espalda llegaron sus ?open? británicos, sus ?masters? de Augusta y demás?
Me restó mucho. Me quitó una carrera más larga y más triunfos.

¿Qué echa de menos en su vitrina?
El Open de Estados Unidos. El campo no se adaptaba a mi juego. Primaban las salidas, pero luego se complicaba. Quedé dos veces tercero, pero no lo gané.

Luego ha habido cosas peores. Este año, por ejemplo.
Ha sido durísimo. Yo me sentía bien e iba a Madrid a ver a mi hijo Miguel. Me dio un mareo en la T-4. Me caí en el pasillo mecánico y me atendieron unas azafatas. Dije que no se preocuparan y subí a trancas y barrancas.

Después ocurrió aquel altercado con una señora?
Bueno, es que yo no sabía qué pasaba y, cuando me estaban atendiendo, al reconocerme, ella empezó a gritar. Yo le dije que menudo escándalo estaba armando y me respondió que había que ver lo desagradecido que era, encima de que me estaba ayudando. Pero fue algo espontáneo, nada grave. Después, al llegar al restaurante me mareé otra vez y fuimos a urgencias de La Paz. El médico no se anduvo con rodeos y me dijo que habían detectado la mancha en la cabeza del tamaño de dos pelotas de golf. Pasé 14 días en cuidados intensivos y después, entre operación y operación y rehabilitación y rehabilitación, 72 días. Tuve suerte porque iba a Alemania después y allí? ¡Qué sé yo lo que hubiera pasado! Por eso digo que soy un hombre de suerte.

Hasta para eso.
Pues sí. Porque he dado con grandes médicos: Heredero, Pérez Álvarez e Isla, tres grandes médicos que me han salvado la vida.

Y ahora, ¿cómo se ven las cosas tras el precipicio?
Bueno, diferente. Aprecio más otros detalles de la vida. La veo desde otro lugar. Intento aceptar la situación como está viniendo, asimilándolo.

Imagino que se rebaja la escala de los objetivos.
Ahora, el triunfo es el hecho de poder afeitarme, como esta mañana. Ducharme, vestirme. Soy autónomo y eso lo valoro muchísimo, antes no podía valerme. Me siento una persona normal de nuevo. No me considero un incapacitado. Puedo practicar deporte, llevar vida normal y es lo que estoy haciendo. Antes entrenaba para jugar; ahora lo hago para vivir.

¿Vida completamente normal?
Sí, con una dieta severa de pescado, ensaladas y fruta. Lo único que llevo mal es que soy muy carnívoro. Pero eso es lo que como. Ando bien de peso, 82 kilos, lo mismo que cuando tenía 25 años, y estoy fuerte. Entreno en el golf, por la mañana y por la tarde, como, reposo y así.

¿Y diseña campos?
Sí, sigo diseñando y estoy muy metido a la fundación que he creado para investigación de tumores cerebrales. Luchando para hacerla sólida y llevar a cabo proyectos.

En esta segunda vida, ¿qué le gustaría ser de mayor?
Estoy muy pendiente de mis hijos. Tienen 19, 17 y 15 años, justo en ese momento que deben elegir el buen camino en la vida. Me gustaría verles crecer, que estudien y sobre todo que sean buenas personas.

Mala edad esa, cierto.
Pues sí, hay que aclarar sus inseguridades. Su camino es seguir estudiando. También practicar los deportes que han elegido. Uno de ellos juega al golf, otro al fútbol, pero deben saber que, por mucho talento que tengan, sin constancia no hay nada.

Siempre se ha empeñado en que sus hijos vean, aunque no crecieron con las estrecheces de su infancia, que no hay nada regalado.
Siempre se lo digo. La vida es como un deporte, una lucha continua, una lucha diaria frente a los contratiempos.

Ahora, al tratar de ser buen padre, ¿ha sentido lejana su rebeldía de juventud? ¿Se arrepiente de algo?
Pues muchas veces, de alguna cosa. De no haber seguido con mis estudios. Muchas veces se lo digo a ellos. Precisamente se lo comento y les animo porque yo lo he echado en falta siempre.

De haber estudiado algo, ¿qué hubiese sido?
No lo sé. Era muy mal estudiante. No era bueno, ni me apliqué mucho.

Pero de todo, lo más difícil a lo mejor en este mundo es empeñarse en lo que antes decía: enseñarles a ser buenas personas. ¿Cómo se puede lograr eso?
Sí, es lo más difícil. La juventud, hoy en día, tengo la impresión que lo único que quieren es divertirse y pasarlo bien. Derechos sin obligaciones. Es un error. Hay que mezclar las dos cosas. Las mejores personas son aquellas que se sienten bien consigo mismas. Por eso es tan importante cumplir metas y tenerlas claras. Porque al lograrlas te hacen sentirte satisfecho y te conviertes en buena gente. En cambio, quienes no van por ese camino y se frustran, después padecen inquina, rencor.

Es decir, según usted, ¿la ambición nos puede hacer buenos?
Yo creo que sí. Pero hay que tener cuidado con los objetivos. Tienen que ser realistas y alcanzables. Ir poco a poco.

Las raíces, la familia, ¿le han ayudado a ser realista?
Sin duda. Yo nunca he querido vivir fuera de aquí, rodeado de verde y del mar, en la tierruca, que decimos nosotros. En cuanto a mis padres, eran muy prácticos y trabajadores. Vivían la realidad, sus objetivos estaban al alcance de la mano.

O sea, a ellos nunca les vio delirar.
No. Mi padre tenía vacas y lo que soñaba era muy sencillo: conseguir una vaca más. Todo entraba dentro de lo posible.

¿Cómo debe ser un jugador de golf? ¿Es el más individualista de los deportistas?
El golfista es un tipo solitario. Debe tener una especie de religión propia y autopreparación física y mental.

¿Quién es el contrario? ¿Los demás golfistas? ¿El terreno?
Hay tres contrarios. El primero es el campo: hay que doblegarlo. Después, los demás jugadores, y el tercer contrario es la presión.

Entre sus mayores logros está haber extendido el golf fuera de los altos círculos. Pero, ¿no queda mucho todavía?
Cuando yo empecé, era un deporte rechazado por la sociedad. Mi mayor éxito es haber conseguido hacer de este deporte algo normal, al alcance de todos. Tenemos 300.000 practicantes, es el tercer deporte del país, si no me equivoco. Siempre he reivindicado eso, creo que lo he conseguido, y me hace sentir bien. De hecho, ahora vamos a lograr que en 2012 sea deporte olímpico. Llevo luchando hace muchísimos años por ello y creo que no va a pasar de ahí. El primer paso ya lo tenemos, una federación internacional, y en 2012 será olímpico. Estoy seguro.

Eso que con los despachos siempre anduvo a tortas.
Bueno, con la PGA. Ahora las cosas van mucho mejor. Aquella batalla, la ganamos. Ellos no conducían este deporte hacia la democratización y la globalidad, querían restringirlo. Está claro que han perdido quienes se empeñaron en eso. Ahora cada vez se ha desarrollado más fuera de los países anglosajones, en Francia, Italia, aquí, lugares impensables hace años. Pero le faltan tres cosas: más campos públicos, más presencia en los medios y más televisión.

O aquí, también, una figura a la que seguir.
Olazábal no ha tenido mucha suerte últimamente y nos falta que un Sergio García gane un torneo importante.

¿Un Nadal del golf?
Yo diría que sí. Llevamos unos años dulces en muchísimos deportes. Hay que disfrutar este ciclo. Llegará un día en que atravesemos un bache y habrá que abrir el paraguas y esperar a que escampe. Luego resurgiremos, llegará otra buena racha y así. Esto es así.

De su época, en cuanto a rivalidades, ¿quién era el contrario que le comía a usted más los nervios?
Yo viví una época, sinceramente, en la que había un nivel muy grande. Estaba Nicklaus, Tom Watson, Lee Trevino, Johnny Miller. Todos grandes y muy competitivos. Quizá Niklaus, para mí, era el más grande, el que menos errores cometía en el campo. Pero no tenía una bestia negra, realmente. Andábamos comiéndonos el pastel entre 15 jugadores.

Estaba todo muy repartido.

No como ahora, que es Tiger Woods y el resto. El problema es que hay un pequeño vacío y eso le hace dominar a todos claramente.

Y se puede eternizar, porque mire que los jugadores de golf resisten sobre el campo. Son carreras largas.
Esto dura mientras tengas ganas, deseos de ganar, hambre de triunfo. Hay que despejar la mente y jugar bien, despampanante.

Vía | El País

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