El domingo 9 de marzo del año 1902, solamente tres días después de su fundación, el Madrid Football Club jugaba su primer partido entre dos equipos del club, en una explanada entre las calles de Alcalá y Goya, junto a la antigua Plaza de Toros. Ambos equipos vestían de blanco con medias negras, pero unos con una franja azul en la camiseta y otros con una franja roja. El partido iba a servir para perfilar los jugadores que compondrían el primer equipo de la entidad.
El temporal que azotó nuestro país hace unas semanas, obligó a aplazar algunos encuentros de la Liga Santander. Uno de ellos, fue el partido que medía al Deportivo de La Coruña y al Real Betis Balompié. Un partido que, a priori, no tenía iba a tener mayor trascendencia que lo sucedido sobre el césped de Riazor, pero no fue así.
Hay noches que suceden acontecimientos que escapan a la razón. Noches en las que el ambiente ya dice que algo grande se avecina. Noches que jamás podrán ser olvidadas y que, por desgracia, difícilmente volverán a repetirse. Noches que suelen encumbrar a su protagonista. Neymar sabe de lo que estoy hablando.
Si hay algo que duele más que no conseguirlo, es quedarse a las puertas. Esa es la sensación que entristecía al Barcelona y a sus aficionados a escasos minutos del final del encuentro, cuando el marcador de 3-1, cuando ese gol de Edison Cavani, condenaba al equipo azulgrana a la eliminación pese a haber rozado el pase.